El 26 de abril, Día de la Visibilidad Lésbica, se celebra desde 2008. Nació en Reino Unido y se ha extendido a distintos países, pero su razón de ser sigue intacta: combatir la invisibilidad que históricamente se nos ha impuesto.
No es solo un día de reconocimiento. Es un día de memoria y de toma de posición.
Nombramos a las lesbianas que nos precedieron, a las que abrieron camino enfrentando el desprecio, la patologización y la violencia. Nombrarlas no es un gesto simbólico, es reivindicar una genealogía que ha sido sistemáticamente borrada.
Celebramos nuestra existencia, sí. Pero no desde la complacencia, sino desde la conciencia de lo que ha costado llegar hasta aquí.
Porque hoy, en muchos lugares del mundo, ser lesbiana sigue implicando riesgo.
Mujeres que viven su deseo en la clandestinidad, que se enfrentan a la persecución, al castigo o a la muerte en países como Uganda, Senegal, Marruecos o Irán.
Y mientras tanto, en los llamados países avanzado asistimos a nuevas formas de borrado. Un borrado más sofisticado, disfrazado de modernidad, pero no menos real. Un intento de diluir lo que somos hasta hacerlo irreconocible.
Por eso, la visibilidad no es un gesto vacío. Es una herramienta de resistencia.
Ser lesbiana no es una etiqueta intercambiable ni una identidad difusa. Es una realidad concreta, mujeres que aman a mujeres.
Y frente a quienes pretenden desdibujarnos, hoy decimos alto y claro:
NO vamos a desaparecer.
NO vamos a ceder el lenguaje que nos nombra.
NO vamos a aceptar ser redefinidas desde fuera.